The Parish Church of St Cuthbert
La St. Cuthbert es una pequeña parroquia presbiterana de Edimburgo, se puede ver desde lejos, a plena calle; sus verjas dan a la gran avenida Lothian Road, y sus puertas siempre abiertas te incitan a entrar. Dentro no ofrece gran majestuosidad, no es una de las iglesias importantes de Escocia, aunque antaño si era una de las preferidas de la clase pudiente del lothian Escocés. Su amable parroco te invita desde dentro a que accedas a esta humilde casa sagrada, te entrega un directorio impreso que explica las verdaderas joyas que acoge esta iglesia, arte oculto para quien no entiende, para quien no sabe ver más allá de las enormes estatuas Griegas o Romanas: Sus grabados, sus vidrieras o su púlpito son unos de los enormes tesoros que allí, entre su recato y modestia, se ocultan, y que sólo después de la atenta lectura puedes descubir. Cuando abandonas el timido templo, un betusto libro te deja que inscribas en él tu visita, firma incluida.
Pero no quiero hablar sólo de la iglesia, no es este rincon el que quiero descubrir, a pesar de ser entrañable y mágico, de lo que quiero hablar es de su cementerio.
Jamás un Campo santo te llamó con tanto ímpetu su atención, lo hizo en sentido literal; paseando por la gran avenida, los enormes y tristes arboles, cansados ya de tanto llorar, depositan sus ramas en las centenarias vallas del cementerio, son manos que te introducen dentro. Esta iluminado, soleado, tiene zonas ajardinadas, es por eso que no representa el terror, pero.... una vez bajas las pocas escaleras y te chocas con su cartel y las primeras lápidas, sientes que estás en lo más profundo de una pesadilla, un cuento de terror, una postal de cine gore; lápidas con verdín, musgo sediento de algo más que la perenne humedad Escocesa, tumbas centenarias, derruidas al detalle, colocadas en perfecta y terrorífica posición, mausoleos familiares de acomodados ciudadanos, losas trágicas, a ras, en conmemoración de algún ilustre o de algún heroe de guerra, sombras fuestas entre las mismas, rincones ocultos, nichos tenebrosos. Todo rodeado por un enrome muro que no deja salir a ninguna de estas pobres almas condenadas a perpetuidad, pero que sí deja ver lo más maravilloso de la ciudad: su castillo; se divisa en el horizonte que marca la linea del muro, se alza sublime, majestuoso, altanero y firme, encaramado a la roca volcanica que le da más esplendor, más belleza. Ambos se miran, se retan desde los albores del tiempo, es la eterna lucha entre el bien y el mal, el cielo y la tierra, justos y pecadores..... el paraiso y el averno. Es un curioso contraste: Abajo tú, la muerte y las dudas; arriba ellos, la vida y el significado. Te observan, nos miran, con desden tal vez, o a lo mejor con curiosidad, con algo de ignorancia también, porque lo que no saben, no sopechan es que algún día este sera su castillo al otro lado del muro.
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